Detrás de una fotografía de mujeres aymaras ascendiendo una montaña con pollera hay mucho más que una escena llamativa. Las cholitas escaladoras representan una historia de trabajo en altura, discriminación, identidad y aprendizaje técnico, con nombres propios como Lidia Huayllas, Julia Quispe y Lita González. Aquí explico cómo nació el colectivo, quiénes son sus protagonistas, qué cumbres han alcanzado y por qué su forma de entender el montañismo también ofrece lecciones útiles para cualquier persona que ame la montaña.
Una historia de identidad, esfuerzo y grandes cumbres andinas
- Origen: el colectivo se consolidó en Bolivia alrededor de 2015, a partir de mujeres que ya trabajaban en expediciones de alta montaña.
- Protagonistas: Lidia Huayllas, Lita González, Julia Quispe, Dora Magueño, Ana Lía Gonzales, Cecilia Llusco y Elena Quispe forman parte de las historias más conocidas.
- Ascensiones: han alcanzado montañas como el Huayna Potosí, el Illimani, el Sajama y el Aconcagua.
- Vestimenta: la pollera y el aguayo expresan orgullo cultural, aunque la seguridad depende también del equipo técnico y la preparación.
- Impacto: su trayectoria ha abierto oportunidades para que más mujeres indígenas trabajen como guías, porteadoras y socorristas de montaña.

Cómo nació el colectivo en las montañas de Bolivia
Muchas de estas mujeres no llegaron a la montaña como turistas. Durante años trabajaron en campamentos como cocineras, porteadoras o ayudantes de expedición, mientras sus parejas o los grupos extranjeros intentaban alcanzar las cumbres. Ellas transportaban comida, combustible y material, y pasaban largas horas en un entorno donde el frío, el viento y la falta de oxígeno no hacen concesiones.
El cambio empezó cuando decidieron dejar de limitarse al apoyo logístico y probar la ascensión por sí mismas. En torno a 2015, un grupo de aproximadamente una decena de mujeres subió el Huayna Potosí, una montaña boliviana de unos 6.088 metros. Esa experiencia dio forma al colectivo que después se haría conocido internacionalmente.
Yo considero importante entender este origen porque evita una interpretación superficial. No eran personas completamente ajenas al alpinismo, sino trabajadoras que conocían los campamentos, las rutas y la dureza de la altura, aunque eso no significara que hubieran recibido la misma formación técnica que los guías profesionales.
Lidia Huayllas y otras historias que explican su fuerza
Lidia Huayllas
Lidia Huayllas es una de las figuras centrales del grupo y una de sus representantes más reconocibles. Nació en El Alto y desde muy joven tuvo que trabajar para ayudar a su familia. Su relación con la montaña comenzó a través de su marido, vinculado al alpinismo, y durante un tiempo acompañó las expediciones desde una posición de apoyo.
Su historia también está marcada por la discriminación. En su juventud tuvo dificultades para estudiar llevando pollera y ha explicado que ser mujer indígena cerraba muchas puertas. Por eso, su paso de cocinera y porteadora a montañista no fue un simple cambio de actividad, sino una forma de reclamar autonomía y reconocimiento.
Julia Quispe Tincuta
Julia Quispe Tincuta conoció el ambiente de la alta montaña desde niña. Según CECI, empezó alrededor de los 10 años ayudando a transportar material para visitantes que escalaban cerca de La Paz. Más tarde trabajó como porteadora profesional y observó de cerca cómo otros alcanzaban lugares que ella también soñaba con conocer.
Su caso muestra una realidad frecuente en los Andes. Las mujeres locales poseen experiencia práctica del terreno, del clima y de la logística, pero durante mucho tiempo quedaron invisibilizadas frente a los escaladores que llegaban desde fuera. Julia convirtió ese conocimiento acumulado en una carrera propia.
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Lita González y las compañeras del Aconcagua
Lita González es presentada por Naciones Unidas en Bolivia como fundadora y guía del colectivo. Procede del Valle de Zongo, a unos 83 kilómetros de La Paz, y creció en una familia estrechamente relacionada con la montaña. Su padre era guía de alta montaña y su madre trabajaba como cocinera en refugios para turistas.
En la expedición al Aconcagua de enero de 2019, Lita compartió protagonismo con Dora Magueño, Ana Lía Gonzales, Cecilia Llusco, Lidia Huayllas y Elena Quispe. Las cinco mujeres que alcanzaron la cumbre se convirtieron en las primeras aymaras del grupo en completar ese reto, aunque el logro fue vivido como una conquista colectiva y no como una competición individual.
Las cumbres que cambiaron su historia
Su trayectoria reúne ascensiones en distintos sectores de la cordillera de los Andes. No todas las montañas presentan la misma dificultad, y la altitud por sí sola no basta para medir un reto. La inclinación, el hielo, las grietas, la meteorología, la duración de la ruta y la posibilidad de retirarse también pesan mucho.
| Montaña | Altitud aproximada | Importancia en su trayectoria |
|---|---|---|
| Huayna Potosí | 6.088 m | Ascensión que impulsó la formación del colectivo. |
| Acotango | 6.050 m | Uno de los volcanes de gran altura entre Bolivia y Chile. |
| Parinacota | 6.350 m | Ejemplo de progresión hacia cumbres superiores a los 6.000 metros. |
| Pomarapi | 6.650 m | Una de las cotas más exigentes de su recorrido andino. |
| Illimani | 6.462 m | Cumbre emblemática de La Paz y uno de sus desafíos más difíciles. |
| Sajama | 6.542 m | La montaña más alta de Bolivia. |
| Aconcagua | 6.960 m | La gran cumbre internacional alcanzada en Argentina en 2019. |
El ascenso al Illimani, realizado en varios días, tuvo un valor especial por su dificultad técnica y simbólica. Después llegó el Aconcagua, la montaña más alta de América, donde el grupo tuvo que enfrentarse a una expedición más larga, cambios meteorológicos y una exigencia física muy superior a la de una salida convencional.
La lección montañera es clara. Superar los 6.000 metros exige aclimatación, planificación y capacidad de retirada. La voluntad puede iniciar una expedición, pero no sustituye el conocimiento de la ruta, el control del ritmo ni la evaluación constante del estado físico.
Qué significa escalar con pollera y aguayo
La vestimenta tradicional no es un disfraz utilizado para llamar la atención. La pollera, la manta, el sombrero y el aguayo forman parte de la identidad de estas mujeres y funcionan como una declaración de orgullo. El aguayo, además, permite transportar objetos sujetos a la espalda, una práctica vinculada a la vida cotidiana de muchas mujeres andinas.
Eso no significa que la ropa tradicional, por sí sola, sea suficiente para una ascensión alpina. En una montaña glaciar hacen falta botas adecuadas, crampones, arnés, casco, guantes, protección contra el viento y sistema de cuerda. La ropa cultural puede integrarse con capas térmicas y material moderno, pero nunca debería sustituir una protección diseñada para el frío extremo.
A mí me parece que aquí está uno de los puntos más interesantes de su historia. No tuvieron que elegir necesariamente entre identidad y seguridad. El reto consistió en adaptar la indumentaria y la logística sin renunciar a quiénes eran, al mismo tiempo que adquirían las competencias necesarias para moverse por terreno de nieve y hielo.
Mucho más que una imagen inspiradora
El impacto del colectivo va más allá de las fotografías en la cumbre. Su presencia cuestiona la idea de que el montañismo pertenece sobre todo a hombres, extranjeros o personas con altos ingresos. También pone sobre la mesa quién cocina, quién carga el material y quién recibe el reconocimiento cuando una expedición alcanza su objetivo.
La formación profesional ha sido decisiva. CECI señala que 22 mujeres recibieron capacitación y certificación como guías de trekking y socorristas de alta montaña, con aumentos de ingresos estimados entre el 50 % y el 80 % en determinados casos. Estos datos muestran que el montañismo puede convertirse en una vía real de independencia económica cuando se combina con educación técnica y oportunidades laborales.
Su historia también llegó al cine con el documental Cholitas, centrado en la vida de cinco protagonistas y en su expedición al Aconcagua. La película ayuda a conocer sus familias, sus dudas y sus motivaciones, algo que una simple escena de llegada a la cumbre no puede explicar.
Conviene, eso sí, evitar convertirlas en una postal exótica. Reducirlas a “mujeres que suben montañas con falda” borra su experiencia como trabajadoras, guías y deportistas. Lo verdaderamente extraordinario no está solo en la indumentaria, sino en haber transformado un papel tradicionalmente invisible en una posición de liderazgo.
La lección que queda después de la última cumbre
La historia de estas montañistas bolivianas demuestra que una cumbre puede tener varias dimensiones. Está el esfuerzo físico, por supuesto, pero también la formación, la dignidad, el acceso a un oficio y la libertad de decidir qué lugar quiere ocupar cada persona.
Para quien practica senderismo o alpinismo en España, el aprendizaje es muy concreto. Respetar la montaña significa prepararse, reconocer los límites, valorar el trabajo de guías y porteadores y entender que la experiencia local tiene un enorme valor. La identidad no es un obstáculo para progresar, siempre que vaya acompañada de técnica, prudencia y responsabilidad.
