La trayectoria de Alberto Zerain resume una forma muy pura de entender el alpinismo: ligereza, autosuficiencia y respeto por la montaña por encima del ruido. Su historia ayuda a entender cómo un escalador nacido en Vitoria-Gasteiz terminó entre los grandes nombres del himalayismo español, con 10 ochomiles y varias ascensiones que todavía se citan como ejemplo de carácter y criterio. Aquí repaso su vida, sus cumbres más decisivas y las lecciones que deja para cualquiera que se tome en serio la montaña.
La carrera de Zerain se entiende por su estilo, no solo por sus cumbres
- Nació en Vitoria-Gasteiz en 1961 y empezó a escalar a los 17 años, pasando de la roca cercana al Himalaya.
- Alcanzó 10 ochomiles, y en 9 de ellos prescindió de oxígeno suplementario.
- Su nombre quedó unido al K2 de 2008, donde hizo cumbre en solitario el mismo día en que la montaña se volvió trágica.
- Su última gran expedición fue al Nanga Parbat, donde desapareció en junio de 2017 junto a Mariano Galván.
- Su legado no es solo de resultados: también enseña a elegir bien rutas, ritmo y margen de seguridad.
De Vitoria-Gasteiz a las grandes paredes del mundo
La base de su carrera no apareció de la nada. Zerain se acercó primero a la montaña desde la espeleología y luego desde la escalada, con una progresión muy clásica y muy sensata: escuelas cercanas como Egino y Atxarte, después Pirineos y Picos de Europa, y más tarde los Alpes. En 1981 ya estaba viajando a los Alpes, y en 1983 dio el salto a la Cordillera Blanca, en Perú, donde empezó a tocar de verdad la gran altitud.
Ese dato importa más de lo que parece. Yo siempre leo esas primeras etapas como una especie de filtro: quien tiene paciencia para crecer lejos del foco suele llegar mejor preparado cuando la montaña deja de ser solo técnica y pasa a ser también gestión del cansancio, del clima y del ego. Antes de ser un himalayista reconocido, Zerain fue un escalador que aprendió a moverse con método, sin buscar atajos. Esa base explica muy bien todo lo que vino después.
También conservó una vida muy pegada al trabajo y a la realidad diaria. En la prensa de montaña se le describió como transportista, y ese equilibrio entre oficio y pasión ayuda a entender su carácter: no era un personaje fabricado, sino un montañero de fondo, de esos que entienden que cada expedición cuesta dinero, tiempo y energía real. Con esa preparación, el siguiente paso hacia el Himalaya fue casi inevitable.

La evolución que lo llevó a diez ochomiles
Su entrada en el Himalaya llegó en 1993, con el Everest. A partir de ahí, la progresión fue sostenida y muy coherente: no encadenó cumbres por inercia, sino que fue construyendo una trayectoria donde cada ascensión parecía responder a una idea concreta de alpinismo. Si uno mira su lista de ochomiles, ve enseguida el patrón: montañas grandes, decisiones muy personales y una clara preferencia por el estilo ligero.
| Montaña | Año | Por qué fue relevante |
|---|---|---|
| Everest | 1993 | Su estreno en el Himalaya y el punto de entrada a los ochomiles. |
| Makalu | 1995 | Una cumbre muy seria que confirmó que no era un escalador circunstancial. |
| Lhotse | 2001 | Consolidó su presencia en la élite del himalayismo español. |
| Gasherbrum I | 2006 | Refuerza su perfil de alpinista rápido y autónomo. |
| Gasherbrum II | 2006 | Doblete en Karakórum, señal de fondo físico y capacidad de lectura. |
| K2 | 2008 | La ascensión que lo hizo legendario por su timing y su decisión. |
| Kangchenjunga | 2009 | Ascenso rápido y ayuda a otros alpinistas en dificultades. |
| Dhaulagiri | 2016 | Reanudó su ambición himalayista junto a Mariano Galván. |
| Manaslu | 2016 | Intento de abrir una vía nueva, aunque terminó por la ruta normal. |
| Annapurna | 2017 | Su décimo ochomil, logrado a los 55 años. |
La cifra importa, pero yo me quedo con el patrón: nueve de esos diez ochomiles los logró sin oxígeno suplementario, y casi siempre con una idea muy clara de qué estaba buscando en la montaña. No era una lista para coleccionar diplomas; era una carrera construida desde la exigencia y la coherencia. Y precisamente por eso su estilo merece una lectura aparte.
El estilo que lo hizo reconocible
Si tuviera que resumir su forma de escalar en tres palabras, diría: ligereza, rapidez y criterio. Zerain tendía a huir de las rutas más pisadas, de las largas esperas en altura y de todo lo que convertía una ascensión en una procesión lenta y expuesta. Esa forma de entender el himalayismo no es solo estética; también es una decisión de seguridad. Cuanto más tiempo pasas en una zona comprometida, más te expones a cambios de tiempo, colapsos de seracs, caídas de piedras o simples errores acumulados por fatiga.
Yo veo aquí una lección muy útil para quien sube a montaña, aunque no vaya a un ochomil: ir más ligero no es “ir más rápido” sin más. Es reducir complejidad, tomar menos decisiones innecesarias y llegar con más margen a los puntos delicados. Eso requiere experiencia, sí, pero también honestidad. Si no estás preparado, la ligereza se vuelve imprudencia. Si estás bien aclimatado y sabes leer el terreno, en cambio, la ligereza puede ser una ventaja enorme.- Elegía rutas menos obvias cuando veía que la montaña estaba cargada de tráfico o de riesgo acumulado.
- Prefería el estilo alpino o la autosuficiencia frente a la dependencia de grandes estructuras de apoyo.
- No confundía ambición con prisa: su velocidad venía de la eficiencia, no del impulso.
- Su formación en roca y alta montaña le daba una base técnica que se notaba en decisiones concretas.
Ese modo de moverse explica por qué sus ascensiones no se recuerdan solo por la cima, sino por la forma de llegar hasta ella. Y en el caso del K2, esa forma de actuar se convirtió en la parte central de la historia.
El K2 de 2008 y la cima que quedó en la memoria
La ascensión al K2 en 2008 es, probablemente, el episodio que mejor define su legado. Zerain hizo cumbre el 1 de agosto y descendió con éxito antes de que la tragedia golpeara a la montaña en las horas siguientes, cuando una serie de accidentes y desprendimientos provocó la muerte de 11 alpinistas. Lo llamativo no es solo que alcanzara la cima, sino la manera en que decidió hacerlo: salió en solitario desde el Campo III, aceleró su ataque y evitó esperar en una zona en la que intuía demasiada exposición.
Eso no convierte aquella jornada en un acto de intuición milagrosa. Más bien muestra algo más interesante: experiencia acumulada, lectura del terreno y una capacidad poco común para actuar sin dejarse arrastrar por la dinámica del grupo. El K2 premió esa autonomía, pero también dejó claro que en alta montaña la diferencia entre una gran jornada y una tragedia puede ser mínima.
Para quien mira la montaña desde fuera, este episodio enseña una cosa esencial: tomar decisiones correctas a tiempo vale más que seguir el ritmo de los demás. En zonas serias, el “vamos todos juntos” no siempre es una ventaja. A veces la mejor decisión es apartarse del ruido, simplificar el ataque y aceptar que tu plan debe depender de la realidad, no de la presión del entorno. Esa lectura, en mi opinión, sigue siendo actual y muy valiosa.
Nanga Parbat y el final de una carrera muy coherente
En 2016 y 2017 volvió a meterse de lleno en el gran himalayismo con el proyecto 2x14x8000, ligado a Juanito Oiarzabal y orientado a repetir los catorce ochomiles. Primero llegó el Dhaulagiri, después el Manaslu y, ya en 2017, el Annapurna. Tenía 55 años y seguía escalando con una ambición muy poco común, pero sin renunciar a la lógica que había guiado toda su vida montañera.
Su última expedición fue al Nanga Parbat, junto a Mariano Galván, por la arista Mazeno, una de las líneas más largas y comprometidas de esa montaña. El 24 de junio de 2017 se perdió el contacto con ellos y, tras los intentos de búsqueda, se concluyó que una avalancha había acabado con cualquier posibilidad de rescate. La montaña no devolvió respuestas, y ese silencio cerró una carrera tan sólida como dura.
Lo importante aquí no es solo el desenlace, sino la coherencia de todo el recorrido. Zerain no acabó en Nanga Parbat por buscar notoriedad fácil ni por perseguir un gesto vacío; estaba haciendo exactamente lo que había hecho siempre: ir a una montaña seria, por una línea seria, con la misma mezcla de ambición y sobriedad que había marcado toda su trayectoria. Esa consistencia es parte de lo que lo hace tan respetado.
Lo que su historia enseña a quien sale a la montaña con cabeza
Si yo traduzco su biografía a algo útil para el lector de una web de montaña, me quedo con cuatro ideas muy concretas. No son lemas bonitos; son hábitos que cambian la manera de afrontar una actividad seria:
- Entrena la base antes de subir la apuesta: roca, orientación, resistencia y capacidad de moverte sin depender de todo el equipo alrededor.
- Elige el estilo con honestidad: no todas las montañas se afrontan igual, y no todas las jornadas admiten el mismo plan.
- No confundas ambición con exposición gratuita: hay momentos para insistir y momentos para retirarse.
- La ligereza funciona solo si hay preparación: moverte con menos peso exige más criterio, no menos.
Yo creo que esa es la mejor manera de recordar a Zerain: no como una suma de cumbres, sino como un montañero que entendió que la altura solo tiene sentido cuando se acompaña de técnica, templanza y respeto por las condiciones reales. Su historia sigue siendo útil porque no habla de héroes de cartón, sino de decisiones concretas en terreno serio. Y eso, en montaña, sigue siendo lo que más importa.
